.........................................................................................................................................
.........................................................................................................................................
La gestión de la excusa
Miguel-Anxo Murado
LA política es en gran parte en la gestión de la excusa. Uno debe poseer una mente ágil que invente una justificación en cualquier momento. Es importante tener un buen programa, cierto, pero más importante es una buena coartada a tiempo y el político bueno de verdad no es tanto el que hace las cosas bien como el que las justifica bien. Por eso ha habido tantos responsables políticos que han sido antes irresponsables adúlteros, espías o abogados, y en algún caso, hasta las tres cosas: Son actividades que enseñan a inventar excusas y a sostenerlas ante el tribunal de la opinión pública con el aplomo de un Don Tancredo.
Por ejemplo: Ese responsable israelí que salía estos días explicando la muerte en una playa Gaza de once civiles palestinos, entre ellos varios niños, durante un bombardeo de la Marina de guerra hebrea. “Fueron ellos mismos, los bañistas” dijo tranquilamente ante la prensa. “Enterraron una mina y luego se subieron a ella”, explicó. Sólo para fastidiarles a ellos, a los israelíes. En el mismo momento en que ese hombre pronunciaba estas palabras su Fuerza Aérea ya estaba matando a otros once civiles más. Pero da igual. Al día siguiente ahí estaba otra vez el mismo tipo, impasible. Lo único que se le notó fue el gesto casi imperceptible de arreglarse el tupé y un levísimo bizqueo.
Más ejemplos: “Es un truco para despertar simpatías” decía una mujer del Departamento de Estado también estos días. Se refería al suicidio de tres presos en Guantánamo, que habían logrado ahorcarse en sus celdas con retales de sábanas. “Es una hábil operación de relaciones públicas” decía esta mujer que, precisamente, se dedica a las relaciones públicas. Quién sabe si algún día ella también se ahorcará para fastidiar a los terroristas a los que combate. Quién sabe si el responsable israelí, el día que no sepa ya qué decir, enterrará una mina en la arena y la pisará para que le creamos. Esperemos que no.
Y en una cosa en cambio tienen razón tanto uno como la otra, el tipo de Tel Aviv y la mujer de Washington: Esas muertes en la playa y en la celda despiertan la simpatía de algunas personas. Pero no es una simpatía ideológica. Es algo a la vez más profundo y más superficial. Es un sentimiento devaluado que antes se conocía vulgarmente con el nombre de piedad, y tiene esa característica física: que es casi impermeable a las excusas.