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La imposibilidad de la disculpa
Miguel-Anxo Murado
QUIZÁS lo que más sorprenderá al profano en este rifi-rafe entre presidencia venezolana y monarquía española no sea el enfado, sino más bien el “tuteo”. “¿Por qué no te callas?” preguntó retóricamente el rey, “¿Qué tal estás?” le preguntó ayer Chávez al príncipe Felipe en Buenos Aires. La política es así, como en una película sueca o japonesa: no importa lo que uno vea en la pantalla, hay que leer los subtítulos para saber qué pasa. Y los subtítulos dicen que el conflicto no es político.
Ojalá lo fuese. Entonces sería fácil resolverlo, sea mediante una negociación sea mediante una ruptura de relaciones, que es una manera de resolver también. Muchos piensan que habría que hacer esto último ya, dadas algunas de las declaraciones de Chávez. Puede ser, pero el precio podría ser más alto de lo que pensamos. Romper con Venezuela en sí apenas afectaría más que al Banco de Santander. Pero entonces habría que enfrentarse a la reacción de países como Ecuador, Nicaragua, al complicada Bolivia, incluso esta Argentina ganancial que Cristina Kirchner acaba de recibir de su marido… Hasta Brasil y México podrían interpretar un gesto español en ese sentido como un resabio de Hernán Cortés, porque en Latinoamérica España tiene mala imagen desde hace cinco siglos y tan sólo lleva treinta intentando mejorarla.
No, el conflicto no es político, por desgracia. Es puramente personal, una cuestión de orgullo entre dos hombres que, por motivos distintos, no pueden disculparse. Populismo y Monarquía son instituciones casi opuestas, pero comparten este rasgo: la imposibilidad del mea culpa. Tan sólo un rei absoluto o un dictador tienen derecho a ese gesto. Ni un monarca constitucional ni un presidente populista, en cambio, pueden hablar por sí mismos. Son jugagores de “rol” forzados a cumplir su papel.
De momento, lo único que se puede hacer es justamente lo que acaba de hacer el príncipe manteniendo su viaje a Argentina: fingir que no pasa nada. Con Chávez, ya lo dijimos en su momento, el rey se buscó un mal enemigo. No por lo que dice, sino porque lo dice constantamente y no se calla. Pero, puesto que es Chávez quien se siente la parte agraviada, cada encuentro en el que el rey (en este caso, el príncipe) lo trate con distancia y respeto es una victoria diplomática. Y así, poco a poco, y con algo de suerte, iremos saliendo de esta situación absuda, de esta tormenta en ese vaso de agua de cristal delicadísimo de Bohemia que es la diplomacia.