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Lares
Miguel-Anxo Murado
NO lo vi menciono en ninguna parte, pero es imposible que nadie más se diese cuenta de que la Madrid Fashion Week, la semana de la moda que se celebraba estos días en Madrid, transcurre en el mismo lugar donde hace unas semanas estaban los cuerpos de los fallecidos en el accidente de Barajas y, hace unos años, los de los atentados de Atocha.
Quizás es una forma brutal de hacernos ver que la vida sigue a pesar de todo. No juzgo, reflexiono. Pensamos que el Barroco fue una época de artistas morbosos, pero el Barroco es en realidad el ser humano. Si antes yacía en IFEMA la carne inmolada en el altar de la violencia o la mala suerte, hoy se pasean por allí muchachas sonámbulas y serias vistiendo ropa prestada. Quevedo le hubiese escrito un poema a esta sucesión de muerte y vida, de tragedia y banalidad, y Valdés Leal lo habría pintado con claroscuros graves y sentencias latinas, como en ese cuadro donde, junto a un esqueleto, escribe: In ictu oculi, “en un abrir y cerrar de ojos”, literalmente: en un guiño. Quería decir que la frontera que separa la vida de la muerte es un instante, pero no es cierto: es toda una vida, tenga la duración que tenga, o eso quiero creer yo.
No sé si me desagrada o no esta secuencia de tristeza y lujo en IFEMA. Antiguamente, donde caía un mártir por la fe (cualquier fe) se erigía un templo, pero cuando mataron a Cánovas en el balneario de Santa Águeda, se decidió convertirlo en un manicomio. La arquitectura es la más impredecible de las artes, y así el teatro de Lugo fue un matadero de reses, el Hostal de los Reyes Católicos un sanatorio para apestados y el búnker en el que murió Hitler está ahora debajo de un parking donde dejé yo un día el coche en Berlín. Vivimos en un mundo que quiere saberlo todo pero que a la vez se esfuerza por olvidarlo todo.
Los romanos creían que cada casa tenía un dios, el lar, que mantenía el fuego encendido. El lar lo sabía todo porque, habiendo nacido con la casa, había visto todo lo sucedido en ella. El lar guardaba el recuerdo de todos los inquilinos pasados, de los difuntos de la familia, de los sucesos más olvidados. Los romanos temían a los lares. Sobre todo, tenían miedo de que algún día les hiciesen ver una imagen del pasado que no querían recordar; por eso evitaban mirar al fuego con demasiada fijeza. Pero nosotros no podemos controlar ya a los lares, y cuando hoy puse la televisión, después de contemplar a las pálidas modelos de la pasarela, cambié de canal y ahí estaba, en el mismo lugar, a las ambulancias que iban y venían.