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Los pájaros
Miguel Murado
LOS PÁJAROS sí que están preocupados. Notan que desde hace unos días los miramos con desconfianza. Incluso la ancianita que tiene un canario en su casa sabe muy bien qué pensar. El canario no canta, pero no es por la gripe aviar, sino porque percibe la tensión en el ambiente. Es cierto: si uno se fija verá que últimamente, las palomas evitan las catedrales y las plazas. Saben que es allí donde las irán a buscar para el inevitable genocidio de las aves que se aproxima, tan pronto como se confirme el primer caso del nuevo virus y haya que tomar medidas extremas. Otras aves huyen a África, este año antes de tiempo. Pero da igual. La primavera las encontrará y las hará volver.
En nuestro imaginario tenemos una relación ambigua con las aves. Le atribuimos sabiduría a la lechuza, voluntad de poder al águila, y al Ave Fénix la capacidad de resucitar. La paz tiene para nosotros la forma de una paloma. Pero por otro lado, también tenemos a las harpías que persiguen a los infelices, los cuervos que anuncian las muertes, los buitres que las certifican. Incluso la paloma cuenta con dos caras. Para los tibetanos (y los romanos, y los asirios) era el símbolo de la lujuria, y el etólogo Konrad Lorenz dice que es el animal más cruel que existe.
En la Antigua Grecia, las aves de Stinfal personificaban la fiebre, y tan sólo Hércules pudo ahuyentarlas con una carraca de bronce. Desgraciadamente, esa carraca se perdió, ahora que la vamos a necesitar. Y también a Hércules. Pero no tenemos a Hércules ni a la carraca. Todo lo que tenemos es un gobierno que entre la mentira de asustar y la mentira de tranquilizar no sabe cual escoger.
El cine es como los refranes: tiene precedentes para todo, y ayer, por ejemplo, era inevitable ver a la ministra de Sanidad, Elena Salgado, como el personaje de Tippi Hedren en Los pájaros de Hitchcock. En el Senado, le quitaba importancia a la gripe aviar mientras fuera las aves iban una por una posándose amenazadoramente en los cables de la luz, en los respaldos de los bancos y las estatuas. Sólo faltó que una entrase volando y se le posase en el hombro izquierdo a ella, como el cuervo de Odín en las leyendas escandinavas.
“La posibilidad de que el virus se contagie a los humanos es ciencia ficción”, decía la ministra en medio del silencio escéptico de los que ya habían leído el rotundo informe de la OMS. Era un silencio puntuado por toses que, esta vez, no sonaban a aburrimiento sino a mal presagio.
Precisamente, los antiguos usaban las aves para conocer el futuro, y en Roma los llamados arúspices podían verlo escrito en las vísceras de los pájaros. Si de verdad es así, y las aves llevan escrito el futuro en sus vísceras, a estas alturas ellas ya saben su destino y el nuestro. Y, como digo, se las veo preocupadas.