Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado
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El mal ex-presidente

Miguel-Anxo Murado

CUANDO eligieron a José María Aznar pensé que lo escogían por eliminación. Había que sacar de ahí a González, enredado en la corrupción y el GAL, y Aznar era el único que pasaba por allí. Viéndolo asomarse al palco como si fuese a cantar una saeta, temí que iba a ser un presidente mediocre. Me parecía un tipo inclulto, arrogante y sobre todo triste. Cada quién decidirá si estuvo a la altura que aquellas mis pobres expectativas. Pero lo que no hubiese imaginado nunca es que, más que mediocre como presidente, Aznar iba a ser mediocre como expresidente también, que es algo en lo que nunca piensan los votantes; y esto a pesar de que la expresidencia dura mucho, muchísimo más que la presidencia.

Por eso son tan lamentables esas declaraciones que hizo recientemente Aznar en Valladolid, invitando a los españoles a correr con el coche y beber, no se sabe si al mismo tiempo o en día alternos. Con esa labia sobrevenida, Aznar desprestigia, semana sí semana no, el único cargo de la democracia que hasta el momento seguía incólume, libre de escándalos: el dignísimo y nada mal remunerado oficio de expresidente.

Y mira que es fácil ser expresidente. No hay que tomar decisiones ni ganar elecciones ni nada. Tan sólo hay que pesar medianamente desapercibido. Suárez, Calvo Sotelo y Gonzáles, todos ello presidentes con altos y bajos, tienen en común que por lo menos fueron buenos expresidentes, manteniéndose razonablemente alejados de la tribuna pública, ocupando un lugar más o menos discreto en ese cese dulce y dorado, en ese envidiable desempleo que es la expresidencia.

Pero la discrección no se hizo para José María Aznar, el hombre que pasó de no saber hablar a no saber callar. “¿A mí quién me va a decir la velocidad a la que tengo que conducir?” decía en Valladolid, hablando ante un auditorio no sé si de pilotos de fórmula I. “Cada vez que veo uno de esos carteles que dicen ‘no podemos conducir por ti’ me digo: ‘y quién le ha dicho a usted que quiero que nadie conduzca por mí’” seguía diciendo (y me pareció ver a su chófer, con las llaves del coche oficial en la mano, asintiendo desde la última fila de la sala). “¿Y quién me va a decir a mí cuántas copas me tengo que tomar?” proseguía, imparable, el político libertario. Y yo pensaba para mí si, igual que hay mecanismos legales para hacer dimitir a un presidente, no habrá quizás alguna forma de deponer a un expresidente.

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