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Meirás y la Ciudad de la Cultura
Miguel-Anxo Murado
CUANDO ERA niño veraneábamos con mis padre en Perillo, así que recuerdo muy bien el ritual estival de Meirás: los yugos y las flechas de madera roja en la carretera de Sda, los motoristas cada 200 metros y el Azor anclado en Coruña a la espera de que Arias Navarro soltase personalemnte una merluza por babor para que la pescase Franco por estribor. Lo veía pasar yo, a Franco, casi todos los días, creo que por donde hoy en día hay un “puticlú”, o creía verle pasar. Era alguna de aquella siluetas tras los cristales tintados de la caravana de coches negros que pasaban a toda velocidad.
Meirás también era famoso en mi villa ancestrar, Meira (curiosamente, ambos topónimos, Meira y Meirás, significan “agua muerta). Esto era así porque un vecino de allí, un hombre de Paraxes, se había presentado en la puerta del pazo de Meirás con un cuchillo de matar cerdos preguntando por el Generalísimo. Le calleron una barbaridad de años y cuando salió, con la última amnistía de todas, rompió su billete de tren en pedacitos y volvió andando de Cádiz a Lugo. O eso se sontaba jugando a la escoba en el bar Negrín.
Se vuelve ahora a hablar del pazo de Meirás y de su estatus, y el gobierno gallego parece enfadado por esta nueva intromisión del suelo urbanizado en la política. Se comprende: aún no saben qué hacer con la Ciuda de la Cultura y ahora resulta que surge eta polémica de si hacer otro centro cultural en el pazo de Meirás. Está claro que en Galicia tanto la construcción como la cultura no dan más que disgustos, sobre todo cuando van combinados.
Yo tampoco sé lo que podemos hacer, ni con el pazo de Franco ni con la ciudad de Fraga. Tenemos ahí un pazo que fue un regalo a un dictador, pero que tiene valor cultural. Y tenemos una Ciudad de la Cultura que debería tener un valor cultural pero que más bien parece hecho para regalárselo a alguien, no sé si a un dictador. En los dos casos costó un montón de cuartos, y en ninguno de los dos se nos preguntó nada a lo paganos. Los coruñeses, en plena guerra, no tenían muchas opciones a la hora de apuntarse o no para contribuir (cualquiera no se apuntaba). Y a nosotros, con meno dramatismo, tampoco nos preguntó nadie (no me acuerdo de quién gobernaba entonces) si queríamos enterrar el presupuesto de cultura de la Xunta para los próximos doscientos años en esta triste Disneylandia de titanio del Monte Gaiás.
Qué sé yo. Quizás la solución sea hacer un cambio. Que vaya la familia Franco a vivir en los edificios que hizo Fraga, y que se haga en Meirás un museo dedicado a aquella intratable que era la Pardo Bazán. No digo que sea justo, pero quizás es que no nos merecemos otra cosa.