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Nada
Miguel Murado
ES CONOCIDO que cuando el pueblo de París tomó la Bastilla en 1789 apenas había presos dentro, y ninguno de ellos por razones políticas: tan sólo cuatro falsificadores de moneda, un sospechoso de asesinato, un conde incestuoso y dos locos encerrados allí a petición de sus propias familias. El asalto, por lo demás, fue una carnicería, más un motín que una revolución y culminó en un linchamiento odioso. Fue, como tantos actos espontáneos de la multitud, una reacción de pánico nacida de un malentendido. Pero los símbolos nacen de los malentendidos y de la simplificación, y aquel suceso triste es hoy uno de los mitos fundacionales de Europa.
Ayer a la madrugada, los vencedores del referéndum europeo celebraban su triunfo allí precisamente, frente a las ruinas de la Bastilla. En realidad, estaba del otro lado de la plaza, en el que había sido el número 232 de la Rue Saint Antoine (las ruinas las pusieron en el lugar que ocupan hoy mucho después). No importa, el lugar, aunque topográficamente equivocado, es políticamente correcto: nacionalista al tiempo que revolucionario y antisistema, el mito de la Bastilla encarna bien la alianza de izquierda antisistema y derecha patriótica que hizo triunfar el “no” sobre el otro monosílabo, éste defendido por la fuerza política que generalmente es mayoritaria: la inercia.
Ahora, unos consideran un desastre para Europa y otros argumentan que no es un voto contra la Constitución sino contra el gobierno Chirac. A mí me parece, en cambio, que esto último es peor. Nos podemos poner de acuerdo en la Europa que queremos o, como en este caso, en la que no queremos. Como dice el Quijote, tantas letras tiene un “sí” como un “no” (también en francés). Pero si seguimos utilizando los comicios europeos para castigar gobiernos (Francia) o para mostrarles apoyo (España) Europa seguirá sin existir.
Igualmente, no puede ser lo que ya se está escuchando decir a algún político: que más adelante se podría repetir el referéndum francés hasta que salga el “sí”, como se hizo con Maastricht y Niza. No, si para algo puede servir el suceso del domingo es para que termine esta presión constante sobre la gente para que asienta lo que ya se ha decidido. Aparte de esto, lo del domingo no es el final de nada. La verdadera ironía de la Toma de la Bastilla fue que los asaltantes ignoraban que ya iba a ser derribada por orden del rey. Respecto a lo del domingo, bien podríamos escribir en nuestro diario lo que él escribió en el suyo aquel día: “Rien”. Nada.