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Nerón en Perú
Miguel-Anxo Murado
Hace unos días vi arder Roma. No la Roma actual, la de los turistas, el capuchino de dos euros y los embotellamientos de tráfico a media noche, sino la Roma clásica, la del tiempo de los emperadores, los esclavos y los embotellamientos de los carros a media noche. Fue en las noticias de las nueve: Ardían las casas junto al Coliseo, ardía el Coliseo mismo, y también un acueducto… Hasta que me di cuenta de que todo lo que se quemaba era de cartón-piedra, porque el incendio era en Cinecittà, los estudios cinematográficos italianos en los que había prendido un fuego por accidente.
Hay algo meta-histórico en este incendio. Esa Roma eran los decorados de la película Quo Vadis, y yo ya la había visto arder de niño; pero ficción y realidad son categorías que aquí no tienen mucho sentido. Este incendio de la semana pasada es la realidad de una ficción como aquella película era la ficción de la realidad del incendio del 64.
El caso es que Roma volvió a arder por tercera vez. Después de haber ardido en tiempo de Nerón, y de haber ardido en el cine en tiempo de Peter Ustinov, ahora arde aún una vez más como decorado cinematográfico, una traca final de autoreferencias. Nerón hubiese estado encantado. Incendió Roma porque estaba convencido de que así llegaría a inmortalizarse en la memoria de la gente. Lo tomaron por loco, pero el cine le dio la razón: le hizo inmortal a él, y no a Marco Aurelio, que escribió un libro de filosofía. Así de injusta es la fama (los romanos la imaginaban como un animal monstruoso que murmuraba, y tenían razón: la fama es una bestia extraña y peligrosa).
De hecho, Nerón, y esto lo pensé más de una vez, hubiese estado encantado de todos modos en estos tiempos en que la televisión ofrece con facilidad lo que él tanto deseba: un espectáculo colosal de destrucción como antídoto para el aburrimiento del individuo que lo ha probado todo. Lo ofrece casi a diario, con tanta frecuencia en realidad que ya casi es más bien un antídoto contra la solidaridad (lo que antes se llamaba compasión).
Sucede, por ejemplo, cosas terribles imágenes del terremoto que acaba de sacudir esta semana a Perú, tan idénticas a tantas otras imágenes de terremotos, catástrofes, tsunamis y bombardeos, que se confunden entre sí en un continuo de casas deshechas y rostros blanqueados por el polvo de las ruinas modernas. Incluso se confunden, y esto es lo peor, con ese incendio de mentira de una Roma de mentira en los estudios de Cinecittà en Roma.