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Outsourcing
Miguel-Anxo Murado
Es muy posible que, en realidad, el infierno y el paraíso sean muy parecidos. Por eso, como pasa con los productos entre los que no hay grandes diferencias (los refrescos de cola, los suavizantes para la ropa), lo que se vende es la imagen. El infierno es caluroso y el paraíso fresco y perfumado, en el infierno se tortura pero en el Cielo se respetan los Derechos Humanos… La historia de las religiones es en gran medida la del esfuerzo casi comercial por mostrar las ventajas del paraíso. Pero el consumidor se queda con la duda, porque tiene la experiencia de este mundo, donde infierno y paraíso están tan entrelazados como los dedos de una persona nerviosa.
Véanse, por ejemplo, los vuelos secretos de la CIA, que un nuevo informe que circulaba ayer por las redacciones y los ministerios acaba de confirmar. Ahí tenemos una especie de reverso de nuestras vacaciones, nuestro paraíso convertido en infierno. Mientras nosotros decidimos si vamos a Grecia o a la Riviera Maya, en Berlín o en Ohio unos señores sacan a un tipo de la cama y se lo llevan a un aeropuerto donde no tiene que hacer cola. Lo meten en un avión de una compañía de tan bajo coste que no tiene ni nombre, y lo conducen a un destino vacacional que no aparece en ningún prospecto turístico, seguramente en ningún mapa y desde luego en ningún ordenamiento constitucional.
Es cierto que la empresa privada es pionera. Lo que hace la CIA no es más que seguir la moda del outsoursing, la subcontratación de su producción a un país extranjero, y no parece que nadie vaya a protestar, como no sean los propios empleados de la CIA, molestos por la deslocalización de su fábrica. Porque allí, en Rumania y Polonia, una empresa de trabajo temporal ha reunido de nuevo a la vieja plantilla de los servicios secretos soviéticos a ver si el espíritu de Stalin averigua a bofetadas el domicilio de Bin Laden. Ahí tenemos otro ejemplo: Esos hombres trabajaban para el infierno y ahora trabajan, por lo visto, para el paraíso.
Mientras, nosotros nos preparamos para hacer largas colas en los aeropuertos, aguantar retrasos y pagar precios llenos de asteriscos para llegar a nuestro paraíso de quince días. Puede que durante unos minutos hasta compartamos pista con ese otro avión que es idéntico al nuestro, pero que va en dirección contraria. Y el Bien y el Mal volverán a reunirse en un mismo lugar, como hacen tan a menudo.