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El Padrino
Miguel Anxo Murado
ACABA de revelar la policía que entre las pertenencias que le encontraron a Bernardo Provenzano, el jefe de la Mafia siciliana, cuando lo capturaron el mes pasado en Corleone, estaba una cassette con la música de El Padrino.
Como se sabe, a Provenzano, que llevaba más de cuarenta años escapando, lo encontraron en el lugar seguramente más inesperado: a poca distancia de su pueblo. Otros grandes delincuentes cambian de pasaporte, se hacen la cirugía estética o edifican una mansión en las selvas de Colombia, pero este Provenzano eligió la estrategia contraria: la de no ir a ninguna parte y esconderse en ese lugar inmenso que es la mediocridad. “U Trattori” (“El tractor”, era su mote profesional) dirigía un imperio del crimen y el soborno mientras vivía en una pobreza franciscana, con la única compañía de sus ovejas y la de un viejo radiocasete a pilas en el que, por lo que ahora se sabe, sonaba una y otra vez El padrino de Julio Iglesias (la policía también encontró un par de cassettes de él entre las pertenencias del mafioso).
“Tiene el cerebro de un mosquito pero la puntería de un ángel”, había dicho de él una vez Luciano Liggio, otro célebre mafioso (en el Cielo particular de Liggio, por lo que se ve, hasta los ángeles iban armados). Pero lo cierto es que Provenzano sobrevivió a todos los otros capi de la Mafia, Liggio incluido. Renunció a las comodidades de la vida y de la tecnología. No tenía teléfono y cuando aparecieron los móviles no quiso ni saber del asunto. Curiosamente, el ideal del ecologista nunca se encarnó seguramente que en este mafioso metido a agricultor biológico que ignoraba los avances de la Ciencia y prefería comunicarse por medio de pizzini, los pedacitos de papel de libreta reciclado en el garabateaba con su letra de niño abruptamente desescolarizado las instrucciones para matar e éste o aquél. Provenzano, que no tenía televisor ni recibía los periódicos en su buzón sin nombre, poco sabía después del resultado de esas instrucciones y de la violencia de esas muertes. Era el emperador solitario, era el Calígula de Camus y los dos personajes de Esperando a Godot, los tres un uno sólo.
Le funcionó. No le delató nadie nunca, lo que le delató fue la vejez. Cuando los carabinieri irrumpieron en su caseto, encontraron un anciano de 73 años vestido como para ir a correr, hirviendo sopa en un hornillo y, quiero imaginar yo, el vals de El padrino sonando de fondo, ese vals que compuso Nino Rota para la película de Coppola y que es como la música del tiempo que transcurre, monótono, girando en espirales descendentes, hasta que la música finalmente se apaga. Puede que por un momento el hombre no supiese si quién llamaba a su puerta era la Ley o la Muerte misma que lo venía a buscar como en los cuentos sicilianos de fantasmas.