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Parques temáticos
Miguel-Anxo Murado
EXISTE en México un parque temático en el que uno puede vivir la experiencia de ser un inmigrante ilegal que trata de cruzar la frontera hacia a Estados Unidos. Pagas 150 pesos y pasas a formar parte de un grupo de urbanitos disfrazados de “espaldas mojadas” que se pasan la noche escapando aterrorizados de unos ficticios policías gringos que les persiguen con perros, coches patrulla y escopetas de fogueo. Si en Disneylandia, al otro lado de la raya, uno paga por experimentar el cumplimiento del Sueño Americano, en este otro parque temático mexicano pagas por experimentar lo difícil que resulta soñar eses sueño. Algunos están escandalizados, pero yo veo una lógica simétrica entre esos dos lugares, y no estoy seguro de cual es peor; si es que alguno de los dos es malo en realidad.
En principio, todo es falso. “Eco Alberto”, que es así como se llama el lugar, no se encuentra ni siquiera cerca de la frontera, sino a más de mil kilómetros tierra adentro, en un sitio con nombre de medicamento llamado Ixmiqulpan. Pero no todo es tan falso como se podría pensar. El 90% de los indígenas de Ixmiqulpan han hecho ya, ellos mismos, el cruce de la frontera, y viven ahora en Las Vegas. El propietario del parque cruzó cinco veces; pero acabó de lado de acá, y decidió reunir a los pocos vecinos que tampoco habían conseguido pasar la frontera y sacarle algo de dinero a su fracaso.
Porque son ellos, estos hombres que un día fueron capturados y devueltos por la Patrulla de Fronteras, quienes hacen de policías de la Patrulla de Fronteras. Ya dije que no todo era falso. A Baudrillard, el filósofo francés que murió hace pocos días en medio de un sorprendente olvido informativo, le hubiese dado mucho que pensar este ejemplo de “simulacro”, sobre el que tanto escribió él. Penaba Baudrillard que el mundo era todo el un parque temático, sólo que más caro y menos divertido, y quizás tenía razón en eso.
Y hasta puede que haya aún más realidad en este simulacro de lo que hubiese sospechado Baudrillard y de lo que piensan los que lo censuran Ciento cincuenta pesos no es mucho (unos 10 euros). Quién sabe si alguno de los turistas que fingen ser inmigrantes no será en realidad un inmigrante que finge ser turista y que, disimulado entre los que buscan una descarga de adrenalina para sus vidas sedentarias de empresarios en México D.F., entrenan en secreto para convertir el simulacro en realidad.