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Política de precios
Miguel-Anxo Murado
HAY UNA cosa en la que Manuel Fraga fue pionero, a parte del baño de masas (las suyas, en la playa de Palomares). Fue en la política de precios. Y por política de precios no me refiero a controlarlos, sino a hacer política con ellos. Aquella sesión parlamentaria en la que Fraga nos ilustró acerca del precio de los garbanzos ha pasado a la Historia como el primer gran episodio de demagogia gastronómica (no pongo en duda que Fraga comiese garbanzos, pero dudo que los comprase personalmente).
Y ahora resulta que saberse precios de memoria vuelve a estar de moda, y de ahí el alboroto que se ha armado con Zapatero y su ya célebre café de 80 céntimos.
Mucho es lo que se ha escrito sobre ese café... Por una parte hay los se lo toman como prueba de que Zapatero no está en contacto con la realidad, cuando lo cierto es que más bien muestran su feroz centralismo (el café sólo cuesto más que eso en Madrid). Por otra parte, como cabría esperar, están los que defienden la respuesta del presidente: “es que él pensaba en el café que le ponen en León porque es un hombre sencillo”, dicen a la defensiva.
Unos y otros quizás deberían tomar tila, en vez de café. ¿Es esto realmente lo que queremos de un presidente, que se sepa los menús de los bares? ¿Queremos un gestos o un concursante de “El precio justo”? ¿Es que perdimos, entonces, un gran presidente en la figura del llorado Joaquín Prat? Yo, desde luego, no espero que el presidente viva la misma vida que yo, me basta con que me la mejore en lo que sea posbile; y pocas cosas me parecen tan ridículas como ese cómico carrusel de candidatos en campaña electoral, comprando en el mercado y tomando una pala en sus manos para echar alquitrar en una carretera en construcción. Vale que el político tiene que ser, en cierto modo, un actor, pero por lo menos no lo rebajemos a la categoría de simple figurante.
El resultado es este: reducir el debate político a una especie de concurso de televisión en el que una selección de gente que finge representar al país (cada uno de los que preguntaban a Zapatero en TVE sólo se representaba a sí mismo) hace preguntas capciosas a un presidente que finge ser “uno más”. Y al final, ser “uno más” no consiste, por lo visto, en hablar de la vida de los otros sino en saber lo que les cuestan las cosas. Yo, desde luego, prefiero que Zapatero hable de otros asuntos, a ver si sabe algo de ellos. El café me tiene sin cuidado. De hecho, y a pesar del nombre de esta sección (“Escrito en cafeterías”), tengo que confesar que ni siquiera lo tomo porque me sienta mal al estómago; igual que la mayor parte de las entrevistas a políticos.