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Reformas urgentes
Miguel-Anxo Murado
HAY, o había, en Mondoñedo un cementerio donde se daba tierra a los niñitos fallecidos antes del bautismo. Les hacen compañía los ateos, los luteranos, los hebreos y Leiras Pulpeiro (el poeta y médico socialista, a quien los vecinos consideraban sin embargo un santo laico). Ese “cementerio de los extraños”, como le llaman los mindonienses (siempre tuvieron un talento innato para el lenguaje), es una de las muchas sucursales del limbo, que ahora Benedicto XVI dice que quiere cerrar por razones teológicas.
Espero que no lo haga. Y me extraña en un teólogo de talento como él. En mi modesta opinión, son el paraíso y el infierno los que están necesitados de una reforma urgente, casi se podría decir que de una recalificación, si esta palabra no estuviese contaminada por el uso. El infierno sigue sin actualizarse desde los tiempos de Dante, por lo menos, cuando las torturas peores que los hombres podían imaginar para la eternidad se reducían al fuego y a los tridentes (en la Edad Media, la imagen del infierno era aún más naïf, como esa figura del Pórtico de la Gloria castigada a intentar comer una empanada sin lograrlo porque tiene una argolla en el cuello). Pienso que después del siglo XX hay que poner al día esos miedos si quieren que temamos al infierno, o se corre el riego de que a muchos les parezca una mejora en las condiciones de vida que llevan en la Tierra.
También el paraíso necesita de ajustes, si se pretende que no decepcione. Basta con mirar los escaparates de las agencias de viajes para comprender que el hombre contemporáneo tiene una idea tropical de la felicidad. No se puede culpar a los Padres de la Iglesia por no haberlo previsto: Hasta el siglo XVI la Riviera Maya no existía y la felicidad eterna era tener ropa limpia, algo de calma y escuchar un poco de música sacra a cargo de un coro infantil.
El limbo es precisamente el único “topos” de la cartografía religiosa que está bien como está. Es el lugar de la inocencia, una especie de inmensa sala de incubadoras girando en la nada, donde los bebés viven felices, sin Fe pero sin pecado, sin paraíso pero sin infierno ni purgatorio. Mientras que no se puede evitar la sospecha de que en el infierno podría haber alguien condenado injustamente y en el paraíso se pasean personajes tan poco recomendables como el rey Fernando III El Santo (tengo la teoría de que lo canonizaron porque prohibió la lengua gallega), el limbo presenta en cambio una historia irreprochable, limpia como el autoclave de un hospital. Me cuesta muchísimo creer en nada, pero si creyese, creería en el limbo.