Miguel Murado
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Sharon y Mozart

Miguel A. Murado

PRIMERO los médicos intentaron sacar a Ariel Sharon de su coma poniéndole música de Mozart. No funcionó, así que se probó con algo de menor calidad, pero más contundente: La Oda a Israel de Rivka Zohar. Tampoco esto hizo que el hombre se sacudiese de su sueño al borde del abismo. Entonces, se sugirió otra cosa: Hacer escuchar al enfermo grabaciones de sus propias batallas. Apenas empezaban a oírse los disparos y las voces de los soldados en la toma del Sinaí cuando Sharon, parece ser, movió una mano lentamente para dar la orden de ataque. Mozart estaba de más allí.

De todo cuento se ha contado estos días sobre Ariel Sharon, quizá esto sea de lo poco que nos habla del verdadero Sharon, de ese hombre duro, inflexible y violento, del gran protagonista entusiasta de las muchas guerras de su país y del testigo reticente u hostil de sus pocas paces. Esa man, finalmente, era Sharon quien la movía; puede que sea su único gesto sincero y libre de los últimos años.

Está bien que la enfermedad constituya una tregua, y también que la muerte sirva para perdonar y olvidar, e incluso para maquillar algo la memoria de los difuntos como en algunas culturas se les maquilla el rostro. Pero con Sharon a lo mejor se va demasiado rápido: Fue ya en vida, durante este último año, cuando los embalsamadores pintaron su rostro y lo cubrieron con la corona de laurel del hombre de paz. Ahora, su triste enfermedad, al alcanzarle en la cima del poder, no hace sino inmovilizar esa imagen engañosa y dejarla lista para el daguerrotipo de la Historia, para su estatua en esa tierra sin estatuas pero con escombros que es la vieja Palesteina romana.

En ese daguerrotipo él sale claro y todo lo demás borroso. No sólo la Justicia, también la Historia es una diosa que está ciega. De repente, la matanza de Qibiya, los prisioneros egipcios dejados a morir de sed en el Sinaí, los pozos envenenados de Gaza, la masacre de Sabrfa y Chatila, el comienzo de la empresa colonizadora... Todala vida del verdadero Sharon parece esfumarse del cuerpo del Sharon enfermo, como el vapor salado de su sudor, y los periodistas preparan obituarios comenzando con la aportación del hombre al proceso de paz. Mientras, duerme Ariel Sharon; duerme su sueño en el hilo que separa la muerte de la vida, mecido por el ruido de los combates, por gritos desesperados de los soldados enemigos, ellos ya muertos y olvidados, acompañados por la música de Mozart.

 

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