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Sísifos
Miguel Murado
SE DISCUTE estos días sobre los libros de texto escolares, sobre si deben ser gratis o no. No sé. Esta es una típica preocupación de padres y gobiernos: el precio del libro. Para los escolares mismos, en cambio, de poder opinar, seguramente el asunto no iría por ahí. No sería tanto lo que cuestan los libros como lo que pesan; no serían tanto los euros como los kilos; la cosa sería el peso, no el precio.
Porque según un estudio que circula por ahí, los niños cargan diariamente en las carteras entre diez y quince kilos de libros. Basta con ver a los chavales por las calles, pequeños Sísifos condenados a trasladar un peso gigantesco de casa a la escuela y luego de la escuela a casa, escorado bajo las mochilas como barcos a punto de hundirse por corrimiento de carga. Los profesores se quejan de que, esos libros, los niños no los estudian, y quizás tengan razón; pero para mí lo que es un milagro es que puedan con ellos, no ya intelectual sino físicamente. Sí, estos niños de hoy en día quizás no “progresen adecuadamente”, pero desde luego que estamos formando un temible equipo de halterofilia.
Y sin embargo, parece que ni los padres ni el Estado, que andan tan preocupados con el lío de los cuartos, no le dan apenas importancia a este otro de las hernias. Mal asunto, porque por lógica va a ir a peor, porque el saber avanza, y en consecuencia cada vez los libros escolares pesan más. Precisamente el martes hablábamos aquí de la experiencia escolar de Alejandro Magno. Piensen en lo poco que tenía que cargar él en la cartera: Pitágoras y poco más. Todo estaba aún por descubrir. Imaginen cómo debía ser la asignatura de “Conocimiento del medio” en una época en que el mundo conocido no abarcaba siquiera toda la zona euro. Imaginen, en fin, el libro de Historia que estudiaba Alejandro, en el que Historia Antigua y Contemporánea eran la misma cosa. En cambio, los niños y niñas de hoy en día tienen que cargar sobre sus débiles hombros nada menos que con 2.300 años más de datos.
Por eso yo quería hacerles este pequeño homenaje, porque verdaderamente es conmovedor verlos pasar, arrastrando en sus carteras, zamarras, bolsas y mochilas todo el saber humano; toda la Filosofía, toda la Literatura, las Matemáticas; los pecados de la Historia, los misterios de la Biología, Beethoven y el logaritmo neperiano. Los profesores dirán que esos niños no saben nada de toda esta herencia cultural, pero se equivocan. Saben lo más importante: saben lo que pesa.