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Teoría de las catástrofes

Miguel Murado

EN LAS PÓLIZAS de seguros de Estados Unidos, Dios está en la letra pequeña. Figura en una cláusula que nadie lee y a la que se llega sólo después de un intrincado camino de asteriscos: es la cláusula de los Acts of God, los actos de Dios, que es como le llaman los corredores de seguros americanos a las catástrofes cuando son extensdas, devastadoras, sobre todo inesperadas, y que eximen a las aseguradoras de la obligación de indemnizar. Tristemente, cuando el dedo húmedo de los supervivientes de Nueva Orleans llegue a este párrafo, muchos comprenderán que han perdido más aún de lo que pensabsan y muchos ricos y pobres (una distinción que tanto preocupó en esta desgracia) estarán igualados.

Inundaciones. Tenemos una relación atávica con ellas. Nuestros libros religiosos están llenos de aguas que devoran el mundo en pocos días, ya sea el Noé de la Biblia, el Deucalión de los mitos griegos, el hindú Masya, la história babilónica de Utnapishtim, la leyenda chinesa de Da Yu... También los cuentos populares medievales están poblados de villas sumergidas, de países bajo el mar, de continentes inundados: la ciudad de Ys, la Antioquía bajo las aguas... Todas esas historias se parecen en sus detalles, pero lo que de verdad tienen en común es que la catástrofe siempre es explicable: el Diluvio es un castigo de los dioses por lo pecados de la Humanidad, una advertencia o un exabrupto de la ira divina. Acts of God.

Supuestamente, hoy ya no pensamos así. Y sin embargo, escuchando lo que se dice estos días sobre el cataclismo de Nueva Orleans, uno no estaría tan seguro. Al margen de las preguntas legítimas que uno se haga acerca de la mala gestión de la crisis, parece como si siguiésemos queriendo ver un sentido, un mensaje en el Diluvio: “Es el individualismo de la sociedad americana”, predugan algunos; “es el pecado de la guerra de Iraq”, dicen otros; “tiene que ser el calentamiento global”, sospechan otros. Actos de Dios.

Sí, la mayoría ya no creemos en la ira divina, pero aún así parece que no queremos abandonar ese papel punitivo que los textos sagrados le reservaban a la Naturaleza, y nos resistimos a verla como lo que seguramente es: el motor de fuerzas siguegas sin lección moral. Incluso les damos a los huracanes un nombre humano (Katrina) como esperando que nos hablen y nos digan por qué. Pero ellos no nos hablan, y prosiguen su camino indiferentes. Porque la Naturaleza, en realidad, no sabe ni que existimos.

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