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Una historia demasiado triste
Miguel A. Murado
REGRESA A su país un soldado japonés al que se creía muerto desde la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto, en Londres, aparece muerta una mujer a la que en cambio se creía viva desde hacía más dos años. Y los dos, el soldado y la mujer, se cruzan en un punto intermedio de sus viajes en dirección contraria entre el mundo de los vivos y el de los muertos: en el mismo ejemplar de un periódico, que es como coincidir en un limbo o un purgatorio que se renueva cada veinticuatro horas (una vez leí en un diario que hay insectos que sólo viven ese tiempo y pensé que aquel mismo diario era por lo tanto para ellos un libro eterno).
El caso del soldado no es muy singular, ya pasó más veces: estos soldados que aparecen en las selvas de Oceanía, asombrados de haber perdido la guerra, no de no durase sesenta años… El suceso de Londres es menos frecuente pero, por desgracia, sucede de vez en cuando en las grandesciudades. Esta mujer se llamaba Joyce y tenía 40 años. Un día murió en el salón de su casa, cuando venía de hacer la compra, y allí se quedó echada más de dos años sin que nadie se preocupase por ella. Igual que se sabe que Tuntankhamon murió en abril por las flores que había en su tumba, se sabe que Joyce murió en diciembre porque a su alrededor estaban las bolsas con los regalos de Navidad.
Durante esos dos años el agua siguió corriendo en el grifo (iba a fregar) y su buzón continuó recibiendo cartas de los bancos, avisos de que había ganado un apartamento o un coche, facturas de la luz… La Sociedad espera que uno avise de que murió e igual que a los difuntos de las leyendas los persiguen los remordimientos, a los del mundo real les persiguen las bases de datos.
Mientras Joyce seguía inmóvil en su verano (había dejado la calefacción puesta a 25 grados) fueron caducando los yogures que acababa de comprar, y luego la leche, y más tarde las conservas. Hasta quebró el supermercado en el que los había comprado. Si la encontraron fue sólo porque alguien le fue a cobrar todas aquellas facturas atrasadas. Y allí estaba, ya convertida en un esqueleto, con la televisión encendida, donde en seguida hablaron de ella misma en los programas de sucesos. Lo mismo que esas cartas de los bancos y el correo no solicitado existe también un interés no solicitado, y la última crueldad del mundo para con Joyce fue seguramente esta de hacerla célebre cuando le hubiese bastado con que algún conocido suyo se hubiese acordado de ella a tiempo.