Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado
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Verdades incómodas

Miguel-Anxo Murado

CUANDO el líder del partido conservador del Reino Unido, David Cameron, decidió promocionarse como ecologista, anunció que a partir de entonces iría en bicicleta al Parlamento todos los días. Naturalmente, detrás de él iban dos coches con su equipo y la documentación con la que trabaja, y otro coche con sus guardaespaldas. Además, por delante iba un motorista de la policía abriendo paso para que no atropellasen al líder de la oposición. Y como la cosa provocó un cierto interés mediático, a la caravana se unieron otros cuatro o cinco coches con periodistas y un helicóptero de un canal de televisión. Como comentaría más tarde un humorista inglés, para cuando Cameron llegó ese día al Parlamento “seguramente que un glaciar ya se había derretido en algún lugar del mundo”.

Me acordé de esto cuando vi a Al Gore en la ceremonia de los Oscars recibiendo el premio al mejor documental por su película Una verdad incómoda, que como saben es una diatriba ecologista más o menos fundamentada. Gore fue vicepresidente de los Estados Unidos, donde pudo hacer mucho bien por el medio ambiente; pero no lo hizo. Prefirió esperar a perder las elecciones para convertirse en profeta, y ahora recorre el mundo anunciando el Fin de los Tiempos como un Jeremías o un Oseas del efecto invernadero. Después, sin embargo, acababa su jornada de trabajo, vuelve a su casa de Nashville (Tennessee), donde su factura de la electricidad es exactamente de 221.000 Kw/h al año, unas veinte veces lo que gasta una familia normal y suficiente para acabar con la Antártida si todos siguiésemos su ejemplo más que el de su película.

Esa factura de la luz no quita legitimidad a la causa que Gore predica, cierto. Más aún, yo diría que ni siquiera le resta legitimidad a él. Antes mencionamos a Oseas. Aquel profeta bíblico andaba siempre con una prostituta y, cuando sus discípulos le preguntaron si no era un poco incoherente predicar la rectitud moral sin practicarla, se excusó diciendo que lo que pretendía era “convertirse en una metáfora de Israel”, que vivía en el pecado y la degradación (la Biblia no recoge ningún comentario de la prostituta, por suerte para Oseas).

Así que lo mismo pueden decir Cameron y Gore. Después de todo, lo suyo no deja de ser una lección ecologista más: la de lo difícil que resulta ser “verde” y rico; la de por qué, entre la ecológica pobreza y la riqueza despilfarradora, tanta gente (si tiene elección) escoge lo segundo. Ésa, y no tanto si en el Planeta aumenta o deja de aumentar el CO2, quizá sea la auténtica verdad incómoda para todos nosotros.

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