Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado
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Vida privada

Miguel-Anxo Murado

MIREN que curioso: no me interesa saber en qué restaurante cenó ayer Telma Ortiz, pero sí me interesa la vida de la jueza que juzgó su caso y que dictaminó que, puesto que Telma es una “persona que suscita la curiosidad de la gente”, no tiene derecho a la protección de la ley frente al acoso. No importa que ella no quiera aparecer en los medios, no importa que no ostente cargo público alguno. Basta con que “suscite curiosidad” para quedar sometida, ahora con sanción legal, a un régimen de persecución y vigilancia permanente todos los días de su vida.

Interesante sentencia. Es sabido que en las dictaduras el “interés nacional” está por encima de los derechos de los individuos. En las democracias, por lo que se ve, ya no es el interés nacional sino la “curiosidad nacional” la que puede cancelar, no ya el derecho a tener una vida privada sino, simplemente, a tener una vida. Esta vida nuestra, pues, no es nuestra, sino de los demás si de repente así lo deciden.

Vale, entonces. Pero, como digo, a mí quién me interesa no es Telma, es la jueza. Así que reclamo mi derecho a la información en los términos que ella misma dicta en su sentencia. Quiero que unos fotógrafos en manada (el término es provisional, a ver si me ocurre otro antes de acabar el artículo) la sigan a todas parte y a todashoras, que monten guardia día y noche delante de su casa, que la persigan en coche cada vez que se desplace, que la acosen cuando vaya a buscar a su hija a la escuela, que no le dejen ver a sus amigos a solas, que opinen diariamente sobre cómo viste o de si tiene la piel “tersa” o “grasa”. Estoy en mi derecho, como ella misma dice.

Puede que la demanda que planteó Telma Ortiz no estuviese bien enfocada, como dicen algunos juristas, quién sabe. Tampoco da la impresión de que la sentencia sea ninguna obra maestra de la jurisprudencia. Pero independientemente de cómo se formule una querella, un juez no puede dejar en un estado tal de indefensión a una mujer que pide protección. Si esta es la actitud de los juzgadores, ¿a quién le pueden sorprender las cosas que pasan en los juzgados?

Y, por favor, que no nos vengan con la libertad de expresión. Son muchos los periodistas que cada año mueren, son torturados o secuestrados por defender la libertad de expresión. Mencionarla en defensa de lo que no es más que un negocio siempre triste y a veces sucio, invocarla para perseguir en vez de para defender, es un insulto para todos ellos.

 

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