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Davos
Miguel A. Murado
DE JOVEN, en Compostela, me diagnosticaron lo que parecía un principio de tuberculosis (escupía algo de sangre, luego resultó no ser grave). Mientras guardaba cama, y ya puestos, me puse a ler La montaña mágica, de Thomas Mann, en parte porque era un tocho considerable que me iba a durar la mínima convalecencia, y en parte porque estaba considerada como la gran épica de la tisis. Llevo muchos años sin repasar el libro, y quizás las imágenes que tenga grabadas de él estén ahí o no, porque es un libro que leí con fiebre. Así que no sé si es de ahí o de una historia de Bécquer lo de los dos jóvenes que se enamoran escuchándose toser a través de una pared, y si está ahí o no el episodio de los dos enfermos que se baten en un duelo a pistola, un dielo doblemente absurdo porque ambos están desauciados por los médicos.
Me acordé de aquella lectura de La montaña mágica ayer, al saber de la clausura del Fórum Económico de Davos, en el que dijo Bill Gates que iba a invertir una parte de su fortuna en acabar con la tuberculosis en el mundo. Ojalá. Me acordé por el lugar en el que lo dijo, en Davos de Suíza. Es allí, precisamente, como sabrá el lector de Mann, donde transcurría la novela. Mann había ido a Davos con su mujer enferma y le sucedió lo mismo que luego le lucede a su protagonista: que un médico local le encontró a él una mancha en el pulmón. En la realidad, Mann se fue corriendo a Frankfurt a consultarse con un especialista amigo suyo (luego no tenía nada, como yo); pero en la ficción imaginó que se quedaba allí, viviendo entre la morbidez de la enferdad, la proxmidad de la muerte y la pasión que esa proximidad provocaba, supuestamente al menos, entre los enfermos. La verdad es que lo que fascinaba a Mann de Davos no era la enfermedad o la tuberculosos, sino la filosofía de vida de aquella reunión de gente rica que vivía, amaba y gastaba como si cada día fuese a ser el último.
Yo no sé si Bill Gates leería La montaña mágica o no, pero quiero pensar que a lo mejor fue el espíritu del lugar el que le inspiró una medida en principio tan generosa. Davos ya no es un hospital anti-tuberculoso, aunque sí sigue siendo el lugar de reunión de los ricos y los famosos del mundo. La prueba es que Kofi Anan, Angelinia Jolie y el propio Gates estaban allí estos días participando en el Foro Mundial. Pienso, en todo caso, que como los dioses laros que veneraban los romanos, y que permanecían en el mismo lugar por muchas generaciones que pasasen, algo debe quedar flotando en la atmóstera de Davos de los enfermos reales e imaginarios que vivieron y frieron allí. Quizá sus tosidos aún se escuchen en la noche, inquietantes como el aullido del lobo.